La inmensidad inabarcable de la mujer según Pedro Almodóvar: Volver.
07-06-2006 14:52:17

Quizás por ese halo mágico que la envuelve y que nos la presenta más misteriosa que amenazadora, la muerte ha ejercido desde tiempos inmemoriales un gran influjo en el ser humano. Desde una perspectiva artística, esa fascinación por el más allá ha sido clave para la elaboración de algunas de las obras más representativas de la historia. El cine de Pedro Almodóvar tomó hace mucho tiempo a la muerte como compañera de viaje, ya sea como clímax orgásmico (Matador, 1986) o como catarsis al dolor (Todo sobre mi madre, 1999). En Volver la muerte vuelve a ser, una vez más, parte importante en la historia, aunque sea como excusa para justificar y exaltar una vida luminosa e irónica. La muerte la representa la abuela Irene, cuyo fantasma se les aparece a sus dos hijas, Raimunda y Sole, y a su nieta, Paula, para cumplir una promesa olvidada en vida. A raíz de ese encuentro, las vidas de todas ellas (y algunas más) empiezan a cambiar.
Este acertado regreso del cineasta al análisis de ese particular universo femenino que ha poblado la mayor parte de su filmografía, es un homenaje al amor de madre, aquella que trata de sobrevivir a los guantazos de la vida, luchando contra los elementos para sacar adelante a sus hijos. Mujeres solidarias, inmensas, que esconden un dolor insondable que no las derrumba sino que las empuja a seguir andando, contagiando osadía en su caminar. Desde el primer momento, la película se desarrolla como un noqueante paseo por las entrañas de los más bellos sentimientos, inmersos en una contundente y aplastante sensibilidad con la que el director manchego vuelve a construir un maravilloso espectáculo de luz y color.

En Volver, Almodóvar vuelve a jugar constantemente con las referencias más o menos sutiles, desde el suspense a lo Hitchcock, potenciado por la música de Alberto Iglesias, que lo enlazan con el cine negro más clásico; hasta el neorrealismo italiano, plasmado ya no sólo a través de la puesta en escena, sino con evocaciones directas a las grandes divas de los cincuenta, como Sofía Loren o Anna Magnani: el personaje al que embiste una rabiosa y extraordinaria Penélope Cruz es una encarnación de las heronías de aquellas películas. Ese es otro punto fuerte de la película: las interpretaciones de todas las actrices son de una verosimilitud y una candidez exhuberante (mención especial merece Blanca Portillo). No sin razón, Volver puede considerarse un espectáculo de actrices y es perfectamente comprensible el premio otorgado en Cannes a todo el reparto.
A pesar de ciertas debilidades (la base folletinesca del conflicto central, por ejemplo), estamos ante la confirmación del genio almodovariano, capaz de convertir lo que es en esencia un guión muy personal, muy autobiográfico, muy "Almodóvar", en una historia de alcance universal que pasa de la risa al llanto de una manera tan natural y delicada que no nos queda otra que admirar la maestría y el talento de un realizador complejo y profundo, capaz de hacer de la cotidianeidad un cine auténtico, un cine puro e indeleble.
Juanma Martín.

Volver. Año de producción: 2006. Nacionalidad: España. Duración: 110 minutos. Dirección: Pedro Almodóvar. Guión: Pedro Almodóvar. Producción Ejecutiva: Agustín Almodóvar. Producción: Esther García. Montaje: José Salcedo. Fotografía: José Luis Alcaine, en Eastmancolor. Música original: Alberto Iglesias. Dirección Artística: Salvador Parra. Diseño de vestuario: Sabine Daigeler. Reparto: Penélope Cruz (Raimunda), Carmen Maura (Abuela Irene), Lola Dueñas (Sole), Blanca Portillo (Agustina), Chus Lampreave (Tía Paula), Yohana Cobo (Paula), María Isabel Díaz (Regina), Leandro Rivera (El barman), Yolanda Ramos (La presentadora de TV), Antonio de la Torre (Paco). Estreno en España: 17/03/2006.
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Comentario hecho por Oscar Pablos, el día 08-06-2006 20:47:56h.
Tras haber leído estas dos opiniones, tan diferentes como interesantes, sobre la última película de Almodóvar, propongo la mía que 'ni tanto ni tan calvo'. Ahí va:
Ha vuelto Almodóvar. Tras el traspiés que supuso “La Mala Educación” (a nivel de cierta crítica, más que nada), el manchego universal ha vuelto a territorios explorados con anterioridad más reconocibles y a priori más admirados. Enumeremos: el universo femenino que comúnmente le ha caracterizado y un retorno al género de la comedia, aunque ésta se encuentre teñida de ligeros aunque oscuros apuntes dramáticos.
También “Volver” es un viaje a los orígenes del director, rindiendo un tributo a La Mancha ya que cierta parte de la trama transcurre allí, aunque el espíritu del film esté imbuido de las costumbres y la particular idiosincrasia de la tierra que le vio nacer, cobrando una especial importancia el tema de la muerte. Y es la muerte el concepto que gravita sobre las imágenes de “Volver” con más persistencia, aspecto que Almodóvar pervierte mediante su barroco e inconfundible estilo visual, haciendo que gravedad y ligereza se alternen de un modo extraño, entre la sensualidad y el recogimiento que provoca este fatídico sentimiento de pérdida y desesperanza.
Pero algo falla en la estructura dramática de “Volver”. Si en un principio aceptamos el juego al que Almodóvar nos somete, es decir, su tierna, honda y sugestiva mirada a su tierra y a las mujeres que habitan en ella; entre trágica y vitalista, su desorbitado uso del color y su calculado uso de la música (referencias postmodernas que ya no sorprenden a nadie, como las autocitas y los homenajes, que aquí abarcan desde “¿Qúe he hecho yo para merecer esto?” hasta el neorrealismo italiano, incluyendo un fragmento de “Bellísima” de Luchino Visconti) y la inteligente y sabia elección y dirección de actrices, todo en el film es representativo y digno de su mejor cine. Pero curiosamente es el armazón dramático (uno de los aspectos que más se suelen elogiar en su obra) el que arrastra algunas deficiencias que merecen ser destacadas; pues rompen de alguna forma lo que podríamos denominar el verosímil fílmico.
Almodóvar parece concebir el guión de “Volver” a partir de determinadas secuencias, provocando de esta forma una serie de deficiencias que te distancian sobremanera de la prometedora historia inicial: la subtrama que sucede en el restaurante parece diseñada para que Raimunda (Penélope Cruz) nos recite, en un perfecto play-back, la canción que da título al film, sería un ejemplo. Pero también secuencias como las que suceden en el río, el reality-show al que acude Agustina (Blanca Portillo); cuando durante toda la película hay dicho que nunca acudiría; o la decisión de convertir en carne y hueso al personaje que interpreta Carmen Maura, la madre fantasma de las protagonistas.
Y esta última decisión (que en un principio podía jugar a favor de la verosimilitud antes mencionada), rompe con uno de los aciertos más interesantes de “Volver”: un atrevido (e impensable en su cine) aroma fantastique que enlaza, con peculiar y sugerente armonía, con el surrealista y simbolista universo almodovariano, al intentar proponer que la muerte se encuentra presente en la vida, sugerir que lo sobrenatural convive con nosotros y que su presencia en el mundo real es más cercana y tangible de lo que podamos pensar (lo fantasmagórico como ruptura de lo ordinario, o permitiéndome esta frívola licencia, una variante castiza y melodramática de “El Sexto Sentido”, para entendernos).
Pero dichos apuntes tan sugerentes en un principio (como la primera aparición de la abuela fantasma ante su hija Sole / Lola Dueñas), y durante buena parte del metraje, quedan desaprovechados brutalmente; desviando esta prometedora premisa hacia un especie de folletín (narrado en off) ramplón y sensacionalista, similar al contenido del programa al que acude Agustina para intentar desvelar los secretos que marcan a los personajes de “Volver”.
Y es una pena que estas imperfecciones; causadas por un guión forzado al que se le notan las costuras, empañen un prometedor relato que desborda a ratos una lograda, eficaz y absurda comicidad, aportada principalmente por el fabuloso elenco femenino con Penélope Cruz a la cabeza, creando una estupenda caracterización de mujeres y madres coraje, llenas de vitalismo y sabiduría popular, pero también poseedoras de una vulnerabilidad que las hace más cercanas, más próximas.
Eso sí, queda indeleble en el recuerdo el aroma castellano y genuinamente español que transmiten los pueblos, los patios de las casas, las mesas-camilla y las vecinas, viudas y mujeres en general que habitan en ellos, reflejados en “Volver” desde una óptica costumbrista y cotidiana entrañable y afectuosa, señas de identidad que permiten a Pedro Almodóvar seguir siendo (posiblemente junto a Carlos Saura) el mejor cronista de nuestras raíces y tradiciones más ascentrales, recogiendo de alguna forma (para bien o para mal) el testigo que autores tan insignes como Lorca o Buñuel ya habían depositado con anterioridad en nuestra cultura.
Ha vuelto Almodóvar. Tras el traspiés que supuso “La Mala Educación” (a nivel de cierta crítica, más que nada), el manchego universal ha vuelto a territorios explorados con anterioridad más reconocibles y a priori más admirados. Enumeremos: el universo femenino que comúnmente le ha caracterizado y un retorno al género de la comedia, aunque ésta se encuentre teñida de ligeros aunque oscuros apuntes dramáticos.
También “Volver” es un viaje a los orígenes del director, rindiendo un tributo a La Mancha ya que cierta parte de la trama transcurre allí, aunque el espíritu del film esté imbuido de las costumbres y la particular idiosincrasia de la tierra que le vio nacer, cobrando una especial importancia el tema de la muerte. Y es la muerte el concepto que gravita sobre las imágenes de “Volver” con más persistencia, aspecto que Almodóvar pervierte mediante su barroco e inconfundible estilo visual, haciendo que gravedad y ligereza se alternen de un modo extraño, entre la sensualidad y el recogimiento que provoca este fatídico sentimiento de pérdida y desesperanza.
Pero algo falla en la estructura dramática de “Volver”. Si en un principio aceptamos el juego al que Almodóvar nos somete, es decir, su tierna, honda y sugestiva mirada a su tierra y a las mujeres que habitan en ella; entre trágica y vitalista, su desorbitado uso del color y su calculado uso de la música (referencias postmodernas que ya no sorprenden a nadie, como las autocitas y los homenajes, que aquí abarcan desde “¿Qúe he hecho yo para merecer esto?” hasta el neorrealismo italiano, incluyendo un fragmento de “Bellísima” de Luchino Visconti) y la inteligente y sabia elección y dirección de actrices, todo en el film es representativo y digno de su mejor cine. Pero curiosamente es el armazón dramático (uno de los aspectos que más se suelen elogiar en su obra) el que arrastra algunas deficiencias que merecen ser destacadas; pues rompen de alguna forma lo que podríamos denominar el verosímil fílmico.
Almodóvar parece concebir el guión de “Volver” a partir de determinadas secuencias, provocando de esta forma una serie de deficiencias que te distancian sobremanera de la prometedora historia inicial: la subtrama que sucede en el restaurante parece diseñada para que Raimunda (Penélope Cruz) nos recite, en un perfecto play-back, la canción que da título al film, sería un ejemplo. Pero también secuencias como las que suceden en el río, el reality-show al que acude Agustina (Blanca Portillo); cuando durante toda la película hay dicho que nunca acudiría; o la decisión de convertir en carne y hueso al personaje que interpreta Carmen Maura, la madre fantasma de las protagonistas.
Y esta última decisión (que en un principio podía jugar a favor de la verosimilitud antes mencionada), rompe con uno de los aciertos más interesantes de “Volver”: un atrevido (e impensable en su cine) aroma fantastique que enlaza, con peculiar y sugerente armonía, con el surrealista y simbolista universo almodovariano, al intentar proponer que la muerte se encuentra presente en la vida, sugerir que lo sobrenatural convive con nosotros y que su presencia en el mundo real es más cercana y tangible de lo que podamos pensar (lo fantasmagórico como ruptura de lo ordinario, o permitiéndome esta frívola licencia, una variante castiza y melodramática de “El Sexto Sentido”, para entendernos).
Pero dichos apuntes tan sugerentes en un principio (como la primera aparición de la abuela fantasma ante su hija Sole / Lola Dueñas), y durante buena parte del metraje, quedan desaprovechados brutalmente; desviando esta prometedora premisa hacia un especie de folletín (narrado en off) ramplón y sensacionalista, similar al contenido del programa al que acude Agustina para intentar desvelar los secretos que marcan a los personajes de “Volver”.
Y es una pena que estas imperfecciones; causadas por un guión forzado al que se le notan las costuras, empañen un prometedor relato que desborda a ratos una lograda, eficaz y absurda comicidad, aportada principalmente por el fabuloso elenco femenino con Penélope Cruz a la cabeza, creando una estupenda caracterización de mujeres y madres coraje, llenas de vitalismo y sabiduría popular, pero también poseedoras de una vulnerabilidad que las hace más cercanas, más próximas.
Eso sí, queda indeleble en el recuerdo el aroma castellano y genuinamente español que transmiten los pueblos, los patios de las casas, las mesas-camilla y las vecinas, viudas y mujeres en general que habitan en ellos, reflejados en “Volver” desde una óptica costumbrista y cotidiana entrañable y afectuosa, señas de identidad que permiten a Pedro Almodóvar seguir siendo (posiblemente junto a Carlos Saura) el mejor cronista de nuestras raíces y tradiciones más ascentrales, recogiendo de alguna forma (para bien o para mal) el testigo que autores tan insignes como Lorca o Buñuel ya habían depositado con anterioridad en nuestra cultura.
Comentario hecho por Juanma Martín, el día 09-06-2006 15:07:00h.
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De la vida de las marionetas – VOLVER.
La luz templa las sonrisas y presta brillo a las miradas, pero todos los corazones laten en la oscuridad. Entre las personas, los artistas, los cineastas, hay quienes perciben que la verdad, una verdad de aterradora belleza, está ligada al oleaje de la sangre y la carne lacerada, y para sentirlo se abren paso a dentelladas en las tinieblas del corazón propio y los ajenos. Otros, por cobardía o por conveniencia, se cobijan en paraísos plásticos y chillones donde pretenden jugar a la vida y a la muerte con títeres programados para llorar cada diez minutos, reír cada quince, y arrancarse con un tango cuando las ubres ya no dan más de sí.
No conozco a Pedro Almodóvar. Le tengo por un personaje inteligente y complejo, que si ejerciese como tertuliano se ganaría la vida sin problemas. Desgraciadamente sus habilidades oratorias, sus reflexiones ingeniosas y lúcidas, no se bastan a sí mismas, sino que son el arma de un vendedor de crecepelos. Y si en sus primeros remedios milagrosos al menos podía rastrearse el poso acre y dulzón del semen, del que se derivaban una estética coherente y unos efectos revulsivos, con los años la mezcla se ha aguado. El bebedizo ha perdido su poder narcótico, aunque su envase esté diseñado por Gaultier. Y cuando Almodóvar intenta recuperar los ingredientes originales, resulta que han caducado y saben a ceniza.
Porque Volver, teóricamente una fábula en torno a las formas que adopta la muerte, su grado de aceptación según los caracteres, y la oportunidad imaginada de enmendar los errores, inspirada por sucesos recientes en la vida del manchego, es en la práctica un ejercicio de recreación necrofílica de su propio cine. Un intento desesperado por revitalizar las situaciones, los ambientes, los gags y el estilo que cimentaron su popularidad. Y el fracaso de la propuesta es de tal calibre que no nos extraña oír a Almodóvar declarar: "Tal vez tenga que inventarme una nueva vida".
No vamos a contar el argumento, porque ya se han encargado de ello la prensa y la publicidad, si es que en el caso de Almodóvar hay diferencia entre una cosa y otra. Además, resulta casi tan imposible resumirlo como atender a su desarrollo, plagado de escenas inútiles, recursos de principiante, bandazos genéricos, homenajes, y guiños a la parroquia; y en el que las revelaciones melodramáticas metidas con calzador y los artificios emocionales de nulo calado revelan una incapacidad crónica para profundizar más allá de los enunciados dramáticos.
Tampoco cabe hablar de la recreación de ambientes, ventilada a golpe de tics, ni de personajes inexistentes más allá de la ropa, los peinados y el rímmel. Seguir defendiendo que Almodóvar entiende a las mujeres después de asistir al desfile de peleles grotescos que habitan Volver solo induce al estupor. En cuanto a la gran Carmen Maura, ¿que ha hecho para merecer un papel que la confina a maleteros, armarios y bajos de cama durante gran parte del metraje?
Una realización lánguida y arrítmica en la que apenas destacan un par de metáforas visuales, por otra parte no muy significativas, terminan de certificar el estado comatoso de Volver. Una película que pretende hablar de muchas cosas pero solo deja una clara: la impotencia creativa de su autor. Eso sí, la fotografía, los títulos de crédito y el cartel de la película son floridos y hermosos. Pero, como suele decirse en tierras manchegas de Albacete, las flores no resucitan a los muertos.