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Antes del Amanecer

Cine y otras perversiones intelectuales

Auto de fe trascendental - El pistolero

30-05-2006 16:21:44

El DVD nos está presentando la oportunidad de poder visionar películas imposibles de ver por otros medios. Ya lejos de sus pases por televisión (muchas de ellas, en blanco y negro), parece que los distribuidores se han puesto de acuerdo en sacar obras de directores olvidados que ni siquiera fueron ensalzados en la época de la búsqueda de las genialidades, la politique des auteurs. Henry King fue uno de los que se quedaron en el apartado de los artesanos. Profundamente creyente (no es baladí afirmarlo), se situaba a la altura del hombre, recordando a los ascetas del primer cristianismo o, como afirman estas bellas palabras de Tavernier y Coursodon:
«Director en la pantalla de una Norteamérica rural [...], atento al discurrir del tiempo, al ritmo de las estaciones, a la importancia de un viaje o de un descubrimiento [...], coloca-[ba] su cámara a la altura del sentimiento [...]» (50 años de cine norteamericano, 2.ª ed., 2006, pág. 673).
Personalmente, y perdóneseme la osadía, siempre lo he asociado con Schrader en su íntima recreación de Dios-espíritu humano-modo de comportamiento.



Henry King realizó pocos westerns (su otro más conocido fue Tierra de audaces [Jesse James, 1939]), pero, sin duda, El pistolero (The Gunfighter, 1950) permanece como un hito dentro de la historia de este género. ¿Por qué? Sencillamente porque en él se resume uno de los grandes temas del Oeste: el personaje mítico del gunfighter.
«El gunfighter y el outlaw son dos conceptos, más que figuras arquetípicas, que han llegado a dar título a diversas películas, algo no tan habitual con otro tipo de personajes igualmente emblemáticos del género» (Quim Casas, «Outlaw Blues: pistoleros y forajidos», Dirigido por..., julio-agosto de 2002, pág. 63).
Como en los viejos autos sacramentales, bien traídos a colación aquí, donde conceptos tales como la hermosura, la discreción o el propio mundo cobraban vida encima de un escenario con el fin de enseñar al público mundano una teoría religiosa, Jimmie Ringo deviene en símbolo, un símbolo encarnado por un actor físico que le confiere un determinado registro, el propio de Gregory Peck: contención, sabiduría, intelectualidad. Este western de 1950 que inauguraría la categoría del western psicológico se podría adelantar a muchos otros posteriores, con Peckinpah a la cabeza en lo que se llamaría el western crepuscular inaugurado por El hombre que mató a Liberty Valance (The Man Who Shot Liberty Valance, 1962), que empiezan a reflexionar sobre el propio género. Es una pretendida fábula moral, una férrea lección de ejemplo: esto es lo que no debes ser. Se convierte así en uno de los westerns con más odio hacia la mitología del propio género, una película pacifista que abomina de la violencia representada por la azotaina impregnada de asco dada al muchacho bravucón que ha matado al pistolero. Si en Historia de un condenado (The Lawless Breed, 1953), de Raoul Walsh, narración de parecida estructura donde otro actor «blando» y «blanco», Rock Hudson, encarnaba a un outlaw aun a su pesar con las horas contadas, terminaba con la muerte del protagonista, aquí se hace uso de un epílogo moral, la citada paliza, no sin antes las últimas palabras del agonizante deseándole a su asesino la misma vida solitaria que él ha tenido; una ceremonia religiosa a la que acude todo el pueblo, y donde su hijo desvela por fin su parentesco, y una ¿resurrección?: a pesar de haber muerto, vemos la famosa figura del jinete solitario perdiéndose en el infinito lateralmente como al principio le vimos en unos hermosos créditos iniciales atravesando diferentes geografías (unos créditos sintéticos que cuentan por sí solos toda una historia). Si en Henry King’s America, de Walter Coppedge, Gregory Peck afirmaba que el propio director habría cambiado el guion in situ de El vengador sin piedad (The Bravados, 1958, otro western) convirtiendo en inocentes a los perseguidos y muertos por el protagonista por la violación y asesinato de su esposa, no sería peregrino afirmar que, en el filme que nos ocupa, El pistolero, y, a pesar de la existencia de dos guionistas (William Bowers y William Sellers y del argumentista André De Toth, otro de una larga lista de innominados realizadores), los tres mencionados epílogos son producto de una decisión personal del director, no solo dándole rasgos de autoría cahierista, sino también de conciencia moral. A lo largo de todo el metraje de la película flota la cuestión de la doble faceta del personaje principal: ¿héroe o pistolero?; esta misma pregunta se la hace el sheriff al gunfighter, un marshal que, antaño, también perteneció a ese grupo pero que comprendió, antes que él, que allí no había futuro. Esta disquisición ¿no es ya un tópico en sí misma? Sam Peckinpah la trataría en Grupo salvaje (The Wild Bunch, 1969) o en Pat Garrett y Billy the Kid (Pat Garrett & Billy the Kid, 1973); Henry King se adelanta casi veinte años; con Peckinpah también le uniría ese modo de presentar a los niños acechantes del héroe acorralándolo en el saloon, convirtiéndolo básicamente en mono de feria.

En definitiva, este western de interiores (como lo fuera Río Bravo, 1959) con la presencia constante de un reloj ominoso, pero del que se recuerda la prácticamente única escena de exteriores donde Gregory Peck se presenta encaramado a un peñasco de iconología bíblica; discursivo, de líneas puras y montaje seco y funcional (no sobra ninguno de sus planos) debería ser visto hoy con ojos modernos y vindicado como pieza clave de la historia de un género cinematográfico que habla de algo más que de vaqueros e indios.


Asia Marinero



El pistolero (The Gunfighter). Año de producción: 1950. Nacionalidad: EE.UU. Duración: 81 minutos. Dirección: Henry King. Guion: William Bowers y William Sellers, a partir de un argumento de William Bowers y André De Toth. Producción: Nunnally Johnson (20th Century Fox). Montaje: Barbara McLean. Fotografía: Arthur C. Miller (blanco y negro). Música original: Alfred Newman. Dirección artística: Richard Irvine y Lyle R. Wheeler. Diseño de vestuario: Travilla. Reparto: Gregory Peck (Jimmy Ringo), Helen Westcott (Peggy Walsh), Millard Mitchell (Marshal Mark Strett), Jean Parker (Molly), Karl Malden (Mac), Skip Homeier (Hunt Bromley), Anthony Ross (Deputy Charlie Norris), Verna Felton (Mrs. August Pennyfeather), Ellen Corby (Mrs. Devlin), Richard Jaeckel (Eddie). Distribuidora: 20th Century Fox. Extras: Inglés y español 2.0 Mono.


Categoría: Filmoteca 3 Comentario(s) & 0 Referencia(s)



Referencias


Comentarios
Comentario hecho por Pedro, el día 04-06-2006 10:06:10h.
Ya he podido ver la peli -en una cochambrosa copia vhs, todo hay que decirlo-. Creo que aciertas al hablar de western de interiores, y sobre las facetas de héroe o pistolero: es muy curioso que entre la figura del representante de la ley y la del gunfighter no haya normalmente una actitud moral, sino un cálculo de "adaptación" del primero al medio.

Por otra parte, ya es cuestión de gustos, creo que Gregory Peck es un actor más interesante que Rock Hudson. O al menos aprovechó más creativamente sus limitaciones.

Comentario hecho por Asia, el día 04-06-2006 14:11:49h.
Gregory Peck y Rock Hudson se encuentran en la esfera de lo que llamo la "blancura", es decir, están dentro de una categoría de personajes positivos, y así los percibe el público. Por supuesto que Peck dotaba a sus caracteres de aplomo interior, mientras que Hudson, podríamos decir, se componía solo de fachada, pero, por eso, ahí radicaba (también) el saber hacer del director, el poder sacar partido de cada uno (Hudson con Douglas Sirk dio muy buenos resultados) teniendo en cuenta sus peculiaridades intrínsecas.

Comentario hecho por Óscar, el día 27-06-2006 22:05:43h.
Ha sido una gratísima sorpresa ver El Pistolero, es un western complejo, emocionante y reflexivo repleto de múltiples aristas. Lo más interesante aparece mencionado en la magnífica reseña de Asia: la descripción del gunfighter, una figura entre la realidad y la leyenda, la persona física y el mito, y la labor de Gregory Peck en este sentido es encomiable (sus gestos, su descreimiento, su seguridad...).
Es un western anti-western, donde se repudian elementos del género que muchas veces se vanaglorian, y aquí aparecen criticados, machacados (la estúpida bravuconería de los dos jóvenes payasos, por ejemplo), o la presencia de los niños del pueblo en los alrededores del bar, etc...
Otros momentos inolvidables: la historia de amor entre el pistolero y la profesora, o como un grupo de señoras estandartes de la moral del pueblo critican la presencia de Ringo (y este presente entre ellas), la relación afectuosa entre el sheriff y Ringo, o el inmerecido final (por Ringo, claro está)...
Un título inolvidable.



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